En el verano de 1984, Antonio Salcedo Carretero andaba por Málaga visitando a su madre y a sus hermanos y se pasó por Estepona a saludarme. Nos habíamos conocido durante nuestra estancia en el Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago de Granada y nuestra pertenencia al Orfeón Universitario Santafé-Santiago y habíamos forjado una gran amistad.
Él, Francisca Porras – la que era mi novia y hoy es mi mujer – y yo, estuvimos comiendo en el restaurante del Club Náutico que regentaba el excelente chef Salas. A lo largo de una buena comida y una magnífica sobremesa con café, copa y puro (aún recuerdo los “Don Julian n.º 1” que nos ofreció Antonio), hablamos de lo divino y lo humano. Él nos contaba que estaba de profesor en Durango (Vizcaya) y que había formado allí un Coro de Cámara, de nombre Doinuzahar, de una gran calidad, que ganó algún que otro premio importante, a nivel nacional; pero que se estaba planteando regresar a Andalucía dadas las circunstancias socio-políticas en Euskadi.
Durante la tertulia se convenció de que era una buena idea pedir el traslado a Estepona y nos comprometimos a que, cuando se viniera, montaríamos una coral.